He dejado de leer tus cartas para intentar olvidarte pero se de antemano que es imposible, que esta herida no sabe cerrarse, que sanar es un manto que no me abriga, estoy condenado a la desgracia y tengo la impresión que no te importa.
Tomo la carta del buzón que ha llegado esta mañana, la meto a la gaveta donde descansa el resto de cartas sin abrir; intento cerrar la gaveta pero esta vez algo me detiene, hay una voz, esa voz tuya que escucho que me llama intentando liberarse desde ese último sobre que guardé. Lanzarse contra mi piel, tocarme, penetrarme, ansiosa de herirme con tus filosas palabras. De pronto se escucha tu voz dentro del otro sobre y el otro, y otro más; cantan, gritan, susurran, intentan seducirme y arrojarse todas de una buena vez sobre mi piel.
Estos dedos mios orquestan traicionar mi propósito de no leerte, de alejarme y olvidarte al fin, pero es inevitable, se que dolerá el fuego que contienen tus palabras y aun así deseo leerte y sentir de nuevo el mundo que vives.
Tomo los sobres con ambas manos, queman, me incendian, me vuelven loco y mis dedos con el pulso de un drogadicto destrozan cada uno y todos los sobres al mismo tiempo y las letras empuñadas con tu mano saltan sobre mi, me destrozan, entran por debajo de las uñas de mis dedos, por cada poro de mi piel, te siento, dueles y mi sangre brota por doquier y me condenan a vivir con esta herida abierta, como siempre lo han hecho.
El mundo que vives
132
Anterior
