Como cada noche, después de cenar, fui a la terraza a encender un cigarrillo. Era una de esas noches frías que anunciaban la pronta llegada del invierno. Encendí el cigarrillo mientras miraba al cielo, había una nube, la única y solitaria nube en esa fría noche. Miré fijamente. Se movía despacio sobre mi cabeza, traté de encontrarle alguna forma, cuando niño esto era más fácil.
Me esforcé lo suficiente para encontrar algo, no sé, al principio parecía un ave con sus alas extendidas o quizás un alacrán enfurecido; pronto la nube cambió de forma mientras se desplazaba, ahora parecía formarse un rostro de un niño con los brazos separándose del cuerpo, el rostro cambió formando un cráneo que me erizó la piel. Se mantuvo en esa forma por un momento, hasta que la nube se disipó esfumándose repentinamente, como un acto de magia. No había ya forma alguna, de la única puta nube en el cielo no quedaba más nada.
El cigarrillo se consumió entre mis dedos sin darme cuenta, comprendí que esa nube era mi vida, mis sueños que se transformaban y que al final se esfumarían tan pronto comenzaban a tomar forma, pero sin lograr hacerlos vivir.
Nube
351
Anterior
