Hasta los huesos

por Irving Trejo
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Te escribo siempre, desde cualquier rincón, sin importar lugar ni tiempo, pero, hay un instante, uno en especial, el más intenso y hasta salvaje.

Un par de lámparas apuntando hacia la hoja con filosos rayos de luz, señalándome donde debo dejar el alma. Me visitan los maestros en el arte del amor y el desamor, y al decir expertos no quiero decir, claro está, que tengan las solución a toda causa amorosa, y que hayan salido victoriosos de alguna; la mayoría no lo logró, muchos de ellos han muerto en el intento, me refiero a los que murieron de amor, a quienes con sangre rebozaron el papel para colmarlos con los versos más sublimes, sólo porque no podían contenerlo dentro, como yo ahora mismo que me desgarran.

Los tengo encima, detrás de mi, sobre mis hombros, Sabines por un lado, Bukowski por el otro, y el resto, todos con sus miradas clavadas sobre mi.

Me miran escribiéndote, contemplan mi causa, miran como borro y vuelvo a comenzar, se miran entre ellos, ríen, me siento nervioso, perdido; y cuando casi lo logro, cuando casi logro adornar esa hoja de papel con mi alma entera, con mi sangre ardiente quedando desnudo del corazón, del alma, hasta los huesos, entonces me miran y sonríen diciendo ¡Que dios te ayude! ¡Que dios te ayude!

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